
V Centenario de la defensa de Amaiur

El próximo año se celebrará el V Centenario de la caída del Castillo de Amaiur en manos de los conquistadores castellanos, por tal motivo me parece interesante recordar, aunque sea brevemente, lo que sucedió en aquellas fechas.
La historiografía española habla siempre de la "anexión" o "incorporación" de Navarra a Castilla utilizando eufemismos para lo que realmente fue: Conquista militar, conquista a sangre y fuego.
No existen razones ni excusas que justifiquen la actitud de Castilla-Aragón; ni la guerra civil que supuestamente existía y que Fernando el Católico públicamente expone como una de los "Casus Belli "puesto que él mismo reconoce a su confesor que ya no existe. La segunda excusa de los invasores: La ocupación de Navarra tuvo lugar en 1512, durante el reinado de Catalina de Foix y Juan de Albret. Castilla, que como componente de la Liga Santísima se disponía a invadir la Guyena (Francia), exigió a Navarra una serie de garantías a fin de asegurar su neutralidad. Los reyes de Navarra no aceptaron esas exigencias, ojo no en cuanto a la neutralidad, sino en cuanto a las peticiones en sí mismas que suponían una manifiesta injerencia Castellano-aragonesa en los asuntos propios de un estado soberano como lo era Navarra. Con lo que pretextando una alianza entre Francia y los Albret, las tropas del duque de Alba, con la ayuda de algunos caballeros navarros como el conde de Lerín, penetraron en Navarra hacia el 20 de julio de ese año.

Fernando esgrimió además tres bulas papales para conquistar y retener Navarra, todas expedidas supuestamente por Julio II a propósito del Cisma de Pisa, que patrocinó Luis XII de Francia con objeto de deponer al Papa. Esto nos introduce ya en el análisis de los relatos de la invasión. Las dos primeras se expidieron el mismo día, el 21 de julio de 1512. Se las denomina, como es habitual, con sus primeras palabras, " Pastor ille coelestis" y " Etsi ii qui christiani". En ellas se amenaza con la excomunión a quienes apoyen a los cismáticos de Pisa. Ninguna nombra directamente a los monarcas navarros, como tampoco se publicaron en las iglesias navarras, como era habitual si una excomunión se refería a alguno de su ciudadanos. La tercera bula, conocida como "Exigit contumacium" es la que ha provocado un mayor número de discusiones. Llama a los reyes Juan y Catalina "hijos de perdición", los excomulga y otorga sus territorios a quien primero los ocupe. Esta bula lleva fecha de 18 de febrero de 1512.
Admitida la existencia física de las bulas " Pastor ille coelestis" y " Etsi ii in christiani", hay que objetar que no constituían títulos suficientes para proceder a la invasión, puesto que ni mencionan directamente a Navarra ni a sus monarcas. En segundo lugar, la promulgación de la bula no respetó los cauces legales, de manera que quedaban invalidadas por procedimiento de forma. En tercer lugar, las bulas no se comunicaron a los reyes, como era obligado. En cuarto lugar, si con las bulas se quería acusar a los reyes de Navarra de aliarse con un cismático, los cargos eran falsos, ya que el rey francés no fue declarado cismático hasta agosto de 1512 (y en rigor, simplemente solamente fue puesto en entredicho). Los reyes navarros no podían ser cómplices de Luis XII porque este todavía ni siquiera era culpable. Por ultimo, las bulas llegaron a Fernando cuando la conquista estaba ya muy avanzada, si no próxima a su fin. Fernando era consciente de ello así que se procuró "mañosamente" una tercera bula que justificase su conquista. Y, cosa habitual en el Aragonés, se sacó otra bula de debajo del sombrero; es decir la falsificó directamente:
Esta tercera bula, claro está, es la " Exigit". Y es invalida por los siguientes motivos:
1.- La bula está datada el 18 de febrero de 1512 y como decimo año del pontificado de Julio II. Sin embargo no era el decimo, sino el noveno. Esto probaba que Fernando había falsificado el documento.
2.-La bula no podía ser de febrero de 1512 porque el 21 de junio de ese año el Papa se dirigía a los reyes de Navarra en términos afectuosos en una carta privada que existe y consta en el archivo Vaticano.
3.- Esta probado que la bula ni figura en el Archivo Apostólico Vaticano ni en los bularios.
4.- Con la finalización del cisma de Pisa y la reconciliación de Francia y el Vaticano se levantó la excomunión sobre los cismáticos. El propio Luis XII fue absuelto " ad cautelamsin embargo, los reyes de Navarra no figuran entre los perdonados y es notorio que continuaron dentro del seno de la Iglesia, sin que en ningún momento se les negaran los sacramentos. Esto indica que nunca fueron excomulgados, como ellos mantuvieron siempre, en contra de lo que dice la falsa bula papal.

Solo el rey de Navarra continuó pagando por un crimen que no había cometido. Por ultimo, era muy sospechoso que los herederos de Fernando nunca más utilizaron como justificación la bula y la mantuvieron bien escondida. La ocupación de Navarra fue simplemente un acto de piratería internacional llevado a cabo sin titulo justo o injusto, autentico o apócrifo, en contra de la legalidad sin concurso de los reyes de Navarra y por supuesto contra el Fuero y las Cortes del Reino.
Sea como fuere la conquista militar y la guerra se alargó durante años con ataques del poderoso ejercito Castellano-Aragonés y contraataques del pequeño ejercito fiel a los reyes legítimos al mando del Mariscal Pedro de Navarra. Y así llegamos a las vísperas del otoño de 1521.
Muerto ya Fernando el Católico, Reina Carlos I, en otra de las piruetas dinásticas españolas, incapacitada su madre Juana I la loca y muerto en curiosas y nunca aclaradas circunstancias su padre Felipe I el hermoso.
El domingo 29 de septiembre de 1521 las tropas navarras, provenientes de la zona independiente al Norte de Baztan, sitiaron al castillo de Amaiur que llevaba desde la conquista en manos Castellano-Aragonesas y comenzaron a emplazar las piezas artilleras frente a la recién remodelada fortaleza baztandarra. Semanas antes, su eufórico alcaide Antón de Alguacil escribía al virrey explicando las mejoras y deseando entrar en combate para probar las nuevas defensas. Poco a poco su optimismo se torno desgracia al ver que la fuerza de los cañones eliminaba sus defensas obligándole a pactar una deshonrosa rendición como reflejan los documentos del archivo de Simancas. La bandera de los Labrit y el pendón de las cadenas volvía a ondear en lo alto de su torre mayor y se procedía a recomponer el castillo para hacerlo más operativo.
A partir de aquel momento se establecería un pequeño territorio independiente del resto del reino. Elizondo se convertiría en un puesto de avanzadilla y se establecieron lugares de vigilancia en el puerto de Belate y en puntos cercanos a Doneztebe como Bertiz y Ziga.
Desde finales de 1521 a principios de 1522 se vivió una etapa de cierta tranquilidad en el mini territorio independiente, que incluso sirvió para mantener unos puestos aduaneros y un control de la zona desde el puerto de Belate hasta la costa en Hondarribia, cuya principal fortaleza estaba controlada por el ejército legitimista y si seguía siendo territorio navarro independiente.
Sin embargo, las noticias que llegaban de Pamplona a mediados de 1522 explicaban la reunión de un ejército cuyo principal objetivo era reconquistar Amaiur. El abad de Urdax, escribía al alcaide Jaime Vélaz de Medrano de las noticias que le eran transmitidas por los servicios secretos del Reino y anima a su alcaide para la defensa.
Las posiciones adelantadas en los límites de Baztan se abandonaban un 13 de Marzo a raíz del revés que sufrieron las tropas en su intento de tomar Doneztebe, lo que cerraba aún más el cerco de Baztán.
El 3 de julio de 1522 la artillería se concentraba en la campa de la Taconera de Pamplona y dos días más tarde, tras ir completando parte del ejército con tropas castellanas y beamontesas partirán con el virrey Conde de Miranda a la cabeza en dirección a Baztán.
Las tropas en formación debieron crear una larga columna de casi 4 kilómetros contando con el tren de artillería -6 sacres y 13 cañones pequeños- que era empujado por bueyes y mulos a 4 pares de bueyes por sacre y otro tanto de mulos para las piezas más pequeñas, además de los 13 carros que llevaban los suministros y otros que acompañaban a los cañones.
El día 5, y a pesar de las condiciones en que se encontraban los caminos, llegaron a Lantz, deteniéndose algunos días en espera de bastimentos, de la preparación de los caminos del puerto para poder pasar la artillería y en reagrupar a las últimas tropas que se unían al grueso del ejército llegando a los 1600 jinetes y 10.000 soldados de a pie.
Las cartas explican que al día siguiente partieron de Lantz y tomaron la calzada de Belate para llegar a Ziga y Berroeta. El notario de Elizondo avisaba de todo ello a Miguel de Jaso, quien ya debía estar informado por los hombres puestos en el puerto de Belate. Las puertas del castillo permanecían cerradas durante todo el día y prepararon los cuatro cañones que contaban para su defensa.
Poco a poco la gran columna avanzaba. El 12, el grueso del ejército del emperador se encontraba en Elizondo y el 13 de julio de 1522, las tropas castellanas-beamontesas tomaban posiciones frente al castillo de Amaiur, distribuyéndose por capitanías y buscando el punto idóneo para colocar las piezas de mayor calibre.
No se hizo esperar a que los artilleros a las órdenes de Meneses de Bobadilla comenzaran a batir la fortaleza con un incesante cañoneo pero el poco éxito obligó a que tuvieran que mover las culebrinas a otro punto más idóneo o donde la fortaleza era más débil.
Las crónicas reflejan la valentía de los defensores que consiguieron rechazar varios ataques e incluso se documentan enfrentamientos fuera del castillo por parte de Tristán de Maya, Alain de Bertiz, el señor de Belzunze y León de Ezpeleta.
El virrey y el Condestable viendo el poco resultado que producía la artillería en los muros del castillo dieron orden al Coronel Gutiérrez Quijada para construir varios túneles con la intención de llegar hasta los cimientos del castillo y rellenarlos de pólvora para volar sus defensas. Días más tarde, el 19 de Julio, y siguiendo las ordenes, una gran explosión destruye parte del cubo grande y obliga al alcaide Jaime Belaz de Medrano a pactar una rendición del castillo a pesar de la negativa de varios defensores entre los que se encontraba su hijo Luis.
Tras tomar el castillo, el virrey Miranda, envió un jinete a Santander para comunicar al emperador la toma de la fortificación en el mismo instante que desembarcaba en la ciudad cántabra.
Las bajas fueron numerosas por ambas partes. Las partidas de medicinas enviadas al hospital de campaña donde cientos de heridos sufrían quemaduras o la destrucción de varios cañones nos aportan datos de la dureza de los ataques.
Al día siguiente se dio orden de pagar 1 ducado a ciertas personas para enterrar a los muertos de la batalla en la iglesia de Amaiur mientras que otro pago relata el pago a Diego de Medrano por los alimentos de 39 prisioneros siendo el resto muertos en la batalla.
Los prisioneros fueron conducidos a Pamplona y encerrados en la prisión de San Nicolás pero su ofensa será con creces castigada. A pesar de los intentos del virrey Conde de Miranda para garantizar su seguridad, el 27 del mismo mes encontraron los cadáveres de Jaime Bélaz y su hijo Luis muertos y presumiblemente envenenados. Miguel de Jaso consiguió huir aprovechando un descuido de los guardias y de los otros prisioneros nada sabemos de su final.
El castillo fue mandado demoler en agosto de 1522, como otras tantas fortalezas y cercos amurallados navarros. Los datos de Simancas explican que para ello realizaron varias explosiones controladas, mandando previamente destruir los cimientos con ayuda de cuadrillas de canteros y con una gran desconfianza hacia los habitantes del la zona



150 personas defendieron el Castillo frente al nutrido ejercito invasor, entre ellos conocemos a Jaime Bélaz de Medrano, alcaide del castillo, su hijo Luis Bélaz de Medrano, Miguel de Jaso, hijo del Señor de Javier y por lo tanto hermano de quien en el futuro será San Francisco Javier, Juan de Olloqui, Juan de Azpilikueta, Luis de Mauleón, Victor de Mauleón ........Héroes que o bien murieron en la defensa o bien pagaron su lealtad a su País y a sus reyes en la cárcel; Algunos como los Belaz de Medrano, a pesar de obtener de los invasores el juramento de salvaguarda de sus vidas fueron posteriormente asesinados en prisión. Miguel de Jaso consiguió escapar de prisión y refugiarse en su feudo familiar en la Baja Navarra independiente.
Entre los actores principales de la defensa de la independencia del Reino cabe destacar también a Pedro, Mariscal Perpetuo del Ejercito de Navarra.

Pedro de Navarra y Lacarra noble y militar navarro V vizconde de Muruzábal de Andión, I señor de Cortes,había nacido hacia 1454 en el Reino de Navarra, siendo hijo del mariscal Pedro de Navarra y Peralta(1425-1471) y de su esposa Inés Enríquez de Lacarra (n. ca. 1428). Siendo aún muy joven, su hermano Felipe, sucesor de su padre, fue asesinado en 1480 a manos de Luis de Beaumont, II conde de Lerín, y debido a que su aliado y pariente el condestable mosén Pierres de Peralta era demasiado mayor para asumir la jefatura del bando agramontés, sucederá a su hermano como séptimo mariscal del reino, o bien, cuarto de su linaje. Fue armado caballero el 20 de noviembre de 1481, víspera de la coronación del Rey Francisco Febo en presencia del mismísimo soberano. Esta no sería la única coronación a la que asistiría, ya que también estuvo presente en la de los sucesores del malogrado Febo, su hermana Catalina de Foix y Juan de Albret, que tuvo lugar en la catedral de Iruñea el 12 de enero de 1494, diez años después de que la reina sucediera oficialmente a Francisco.Entonces Pedro de Navarra ya ocupaba por derecho su cargo de mariscal del reino, una figura de corte militar, aunque sus soberanos sobre todo recurrieron a él en calidad de embajador, en especial ante los Reyes Católicos, ante los que efectuó gestiones diplomáticas durante dos décadas. Las presiones políticas y especialmente las amenazas militares tenían sometidos a Catalina y Juan ante unos monarcas que empleaban al desastibilizador conde de Lerín para arrancar más y más concesiones a los reyes navarros.
En ese clima tuvo lugar en 1498 el matrimonio del mariscal, dentro de una politica de enlaces que se enmarca en un intento de «frenar las ambiciones de los Trastámaras». Pedro de Navarra se casó con la castellana María de la Cueva, hija de los duques de Alburquerque, aunque para entonces, el mariscal ya había sido padre, siendo soltero, de un hijo al que llamaría Francisco de Navarra y que llegaría a ser prior de Orreaga y obispo en diferentes lugares.
Durante los siguientes años, los reyes navarros incrementaron su actividad diplomática en un intento por frenar a sus ambiciosos vecinos, tanto Francia como España, que buscaban poner fin a la política de neutralidad que querían aplicar a toda costa Catalina y Juan. En esas embajadas ante Fernando el Católico, en las que estaba presente Pedro de Navarra, el rey de España ponía sobre la mesa exigencias cada vez más disparatadas para así ganar el tiempo que necesitaba para ultimar su operación de invasión de Nafarroa.
Con las tropas españolas ya concentradas en territorio de Araba a mediados de julio de 1512, el mariscal todavía seguía negociando con Fernando el Católico, quien le sorprendió asegurándole que los reyes de Nafarroa habían llegado a un acuerdo con Francia. Incluso le mostró una copia del Tratado de Blois, pero una versión manipulada por el propio rey aragonés, que dejó desconcertado al mariscal.
Las negociaciones quedaron rotas y Pedro de Navarra abandonó la Corte de el Católico, aunque para entonces el reino ya había sido atacado. Tras enviar a la familia real al Bearne para ponerla a salvo, Juan de Albret se trasladó a Lumbier, donde le localizó el mariscal. Pedro de Navarra estaba dispuesto a acompañarle a sus dominios del norte de los Pirineos, pero el soberano le conminó a regresar a su casa, ya que estaba decidido a regresar lo antes posible con un ejército para liberar el reino de los invasores españoles. A finales de agosto, el duque de Alba exigió al mariscal que jurara fidelidad al nuevo soberano de Nafarroa. Como otros nobles navarros, Pedro de Navarra se trasladó a Logroño, donde Fernando el Católico le conminó a jurarle fidelidad. El mariscal le recordó que los miembros de su linaje siempre habían sido «leales súbditos de la Corona de Navarra» y le pidió que no le obligara a faltar a la palabra dada al rey Juan de Albret. Fernando el Católico le retuvo en la Corte de Logroño, que pasó a ser la particular cárcel del mariscal, hasta que se escapó para regresar a Nafarroa cuando supo que el rey Juan iba a cruzar los Pirineos con un gran ejército para liberar el reino ocupado. Pedro de Navarra se incorporó a la columna mandada por el soberano navarro, que a finales de octubre de 1512 tomó Burgi.
El ejército legitimista puso cerco a la capital durante el mes de noviembre e incluso lanzó dos ataques contra sus murallas, pero fue rechazado por las tropas españolas. Finalmente, el 1 de diciembre tuvo que levantar el sitio de Iruñea ante la inminente llegada de un ejército de socorro enviado por Fernando el Católico. El primer intento de recuperación del reino había fracasado.
Tras conseguir una entrega honrosa de las plazas que se habían sublevado en apoyo del rey Juan, el mariscal partió al exilio. Atrás dejaba como rehén a su hijo pequeño Pedro, a quien había hecho donación de los dominios de su casa y cuyos tutores eran los cuñados del mariscal, ya que el joven quedó confinado en la Corte castellana.
Durante los dos siguientes años, Pedro de Navarra y sus seguidores se dedicaron a acosar a los invasores en la zona de Baztan y del Bidasoa. Esa actividad militar iba acompañada de su vuelta a las tareas diplomáticas, ya que fue embajador de los reyes navarros ante Luis XII de Francia y el papa León X, al que intentó convencer inútilmente de que revocara las supuestas bulas de excomunión lanzadas contra Catalina y Juan por su antecesor Julio II. Incluso se entrevistó en La Haya con Carlos de Gante (futuro Carlos I de España) para que pidiera a su abuelo el Católico la devolución del reino.
Mientras, en la parte del reino invadida, Pedro de Navarra fue acusado de contumaz por la justicia española. Al no presentarse ante los tribunales, fue declarado rebelde y culpable de crimen de lesa majestad. En enero de 1514 fue condenado a muerte y sus bienes fueron confiscados por la Corona española, aunque su suegro, el duque de Alburquerque, se hizo cargo de ellos como garante ante Fernando el Católico. Como procurador de los bienes, el duque nombró a Sancho de Yesa, regidor de Iruñea y persona de total confianza del mariscal.
En 1515, Pedro de Navarra retomó las armas junto al rey Juan en apoyo de Francia. A mediados de agosto, los ejércitos del nuevo rey francés, Francisco I, cruzaban los Alpes para combatir en Italia, donde se impusieron en la batalla de Marignano. En las conversaciones mantenidas entonces estuvo presente el mariscal, quien informó al soberano francés de que Fernando el Católico se moría.
La muerte del monarca español tuvo lugar el 23 de enero de 1516 y fue el detonante de un estallido de inestabilidad en el reino que había creado a base de política y guerra. El momento resultaba especialmente propicio para intentar recuperar Nafarroa de nuevo. Incluso Francisco I de Francia animó a los reyes navarros a hacerlo, aunque no se comprometió con armas y hombres, de tal manera que los recursos para la operación debían obtenerse en la Nafarroa todavía independiente al norte de los Pirineos.
El encargado de organizar ese ejército libertador fue el mismo mariscal. Para facilitar su incursión, contactó con los fieles con los que seguían contando los reyes en la parte ocupada del reino para que se sublevaran contra los invasores. Incluso los beaumonteses, que en un primer momento habían colaborado muy activamente con la conquista, se habían sentido desengañados con los invasores y prometieron su apoyo.
A principios de marzo, los 1.200 navarros y bearneses que había podido reunir el mariscal estaban listos para el ataque. El rey Juan puso sitio a Donibane Garazi, el vizconde de Baigorri avanzó sobre Orreaga y el mariscal se movilizó el día 17 hacia Erronkari y Zaraitzu, valles que se levantarían en su apoyo. Tras reunirse las tres columnas, partirían hacia Iruñea.
Pero los españoles estaban al tanto de lo que se preparaba. El regente de Castilla, el cardenal Cisneros, y el coronel Villalba se prepararon para hacer frente a la ofensiva. El coronel se situó en Orreaga para evitar la unión del ejército legitimista. A su paso practicó una política de tierra quemada de la que no se libró ni la Colegiata de Orreaga, que fue pasto de las llamas. Mientras, en diferentes plazas del reino, los posibles apoyos a Juan de Albret fueron detenidos o desterrados para abortar las sublevaciones interiores previstas.
Con el rey Juan bloqueado al norte de los Pirineos y el vizconde de Baigorri rechazado por Villalba, la situación se volvió crítica para el mariscal, que había recibido menos apoyos de los prometidos por los valles pirenaicos. Al aproximarse a Orreaga, descubrió la presencia de tropas españolas y decidió retroceder de inmediato hacia Erronkari, seguido de cerca por el incansable coronel Villalba. La persecución derivó en un auténtico calvario a causa de la presencia de abundante nieve y del mal tiempo. La retirada se prolongó durante horas, hasta que los españoles consiguieron cortar el paso a los legitimistas cerca de Izaba. Apenas hubo lucha, ya que el mariscal y sus capitanes se rindieron a cambio de que se respetara la vida de sus hombres. Entre los apresados figuraban varios primos del futuro San Francisco de Xabier, aunque su hermano Juan consiguió huir.
"POR NO HABER NACIDO EN CASTILLA, NI PERTENECER A SU CASA REAL,
COMO BUEN HIDALGO PERTENEZCO FIEL A MI JURAMENTO A MIS REYES
CATALINA Y JUAN , VERDADEROS REYES DE NAVARRA, JAMAS RENEGANDO
DE MI PATRIA"
El mariscal y sus lugartenientes fueron trasladados de inmediato a Castilla. A su paso por las localidades navarras, la gente se acercaba a Pedro de Navarra para besarle las manos en señal de respeto. Los prisioneros fueron encerrados en el castillo de Atienza, rodeados de las máximas medidas de seguridad. Mientras, Miguel de Xabier tenía que abandonar su feudo en la Alta Nafarroa y refugiarse en el Bearne, y hasta el conde de Lerín se vio obligado a escapar perseguido por el capitán Pizarro, padre del futuro conquistador de Perú, aunque posteriormente fue perdonado por las autoridades españolas.
Unos meses más tarde y mientras en Nafarroa eran desmochados los castillos por orden de Cisneros en represalia por lo ocurrido, todos los prisioneros capturados en Isaba fueron puestos en libertad, salvo el mariscal, a pesar de que su suegro el duque de Alburquerque se ofreció como valedor. Los reyes de Nafarroa también pidieron su liberación en repetidas ocasiones a Carlos I, que se negaba una y otra vez, porque así «las cosas de Navarra están en gran paz y quietud» y porque no convenía «usar de piedad donde no se debe, ni con quien no se lo merece».
En 1517, Pedro de Navarra fue trasladado de Atienza a Barcelona, desde donde había requerido su presencia Carlos I. El rey español le pidió que le jurase como soberano de Nafarroa y a cambio le pondría en libertad y le restituiría su estado, honras, oficios y otros favores y mercedes. Pero el mariscal le respondió que no podía jurarle conforme a su honra, porque ya lo había hecho con los reyes Catalina y Juan, y tenía «determinado morir como siempre había vivido».
Tras fracasar en su intento, el rey español ordenó encerrar a Pedro de Navarra en el castillo de Simancas. En Valladolid volvería a probar suerte Carlos I con el mariscal en marzo de 1520 ofreciéndole las mismas prebendas. Y el navarro le respondió que «por no haber nacido en España ni ser de la casa real de Castilla», como buen hidalgo, permanecería «fiel al juramento que había prestado a Juan de Albret y Catalina, los verdaderos reyes de Navarra, y jamás renegaría de su patria».
El mariscal fue devuelto a su celda, de donde los dirigentes agramonteses y el rey de Francia planearon su fuga, según ha recogido en sus trabajos el historiador Pello Monteano. El plan se habría pergeñado en el monasterio de La Oliva y en el mismo participaba el afamado Pedro Navarro, que fue enviado a Simancas para evaluar la posibilidad de minar los muros del castillo, tarea en la que era todo un experto, como había demostrado en las guerras de Italia.
Finalmente, el plan no se llevó a cabo porque la situación política vivía unos momentos convulsos. Por un lado, en Castilla estalló la revuelta de los comuneros, que quería ser aprovechada por Enrique II, rey de Nafarroa desde la muerte de su madre Catalina en 1517, y Francisco I de Francia para lanzar un tercer intento de recuperación del reino. Esa ofensiva se inició en mayo de 1521 y de ella estaba al tanto el encerrado mariscal, quien animó a su hijo a huir de Castilla y unirse a las tropas dirigidas por Asparrots, tal y como hizo.
El 24 de noviembre de 1522, Pedro de Navarra fallecía en su celda del castillo de Simancas. En los días previos, su criado de confianza, Felipe de Bergara, fue enviado a Valladolid y se le puso como sustituto a Pedro de Frías. Este aseguró, en el posterior proceso judicial, que ese día, el mariscal le envió a buscar a otro criado y a su vuelta, encontró a Pedro de Navarra herido de muerte con un cuchillo que le había pedido anteriormente. Poco después, el mariscal moría. En base a ese testimonio, se certificó su muerte como suicidio
La muerte del mariscal «estuvo rodeada de flagrantes contradicciones, como la desaparición del testamento y su correspondencia, la inexistencia de noticias sobre la entrega del cadáver y objetos personales, así como la falta de oficios religiosos de rigor». Además, previamente, el mariscal había expresado varias veces sus temores a que le quitaran la vida. Un miedo comprensible si se tiene en cuenta que no sería la primera vez que prisioneros incómodos de Carlos I aparecían muertos en sus celdas, como había ocurrido con el alcaide de Amaiur, Jaime Vélaz de Medrano, y su hijo Luis.
Sea como fuere, con su muerte, los Albret perdían a unos de sus apoyos más emblemáticos, al líder que en Castilla veían como el único capaz de aglutinar a los navarros frente a los invasores y que ha pasado a la posteridad como el caballero que, pese a las terribles consecuencias, nunca faltó a la palabra dada a su legítimos reyes.
